La Señora A.

 

El tiempo era tormentoso y llovía. Muchos de los pacientes del Doctor Kruger tenían gripe. A las dos y media la sala de espera estaba tan llena que no cabía un alfiler. El Doctor Kruger estaba auscultando a un niño, cuando de repente se abrió la puerta de la sala de consultas.
Alzó la mirada enfadado y vió entrar a una anciana, la señora A, paciente suya desde hacía mas de diez años.
La señora A. jamás habría entrado así, si no se tratara de un caso de verdadera urgencia, así que pidió a la madre del niño que cuidara de él. Sin embargo la señora A. disponía a irse de nuevo.
-Doctor, ayúdeme-dijo en tono suplicante, antes de cerrar la puerta tras de sí.
El Doctor salió corriendo al pasillo, pero no vió a la anciana.
-¿Has visto a la señora A.?-preguntó a la enfermera.
La enfermera puso cara de desconcierto.
-¡Por aquí no ha pasado!
El Doctor Kruger cogió el teléfono y la llamó a su casa, pero nadie contestó.
En ese momento supo que debía de ir a su casa.
-¿Y los demás pacientes?-preguntó la enfermera
-Pídales un poco de paciencia.
Subió al coche y se dirigió a casa de la señora A.
Al llegar, llamó a la puerta pero nadie le abrió. Entonces recordó que la vecina tenía una llave, la avisó y juntos entraron en el piso.
Encontraron a la señora A. tendida en el suelo, sin conocimiento, ante el sofá de su cuarto de estar.
Parecía que había estado descansando y que al levantarse se había caído.
Llamaron a una ambulancia.
En el hospital se comprobó que se había roto una pierna. Era una rotura muy complicada, además de tener una conmoción cerebral.
Visitó dos veces a la señora A. durante su estancia en el hospital, y le contó lo ocurrido, y lo que provocó que fuera él quién la encontrará en su casa.
Para su sorpresa, la señora A. sonrió como si fuera completamente natural haber aparecido en su consulta mientras que en realidad yacía ante su sofá, incapaz de levantarse y dar un paso.
-No perdí inmediatamente la conciencia-explicó-. Cuando yacía ante el sofá, con el teléfono en el pasillo, a una distancia inalcanzable para mí, pensé en usted con todas mis duerzas. En voz alta repetía:
¡Ayúdeme Doctor! Y como ve, mi grito de socorro llegó hasta usted, Doctor.




      




Webmaster: Arantxa Rubio©
Brisa Diseños
*Diseño y Programación de Páginas Web*