La niña de la bola mágica

Aquel otoño, enviaron a Cassandra a un sanatorio infantil suizo.
Al principio, el aire de aquel lugar le hizo mucho bien. Sin embargo, la última semana tuvo fiebre muy alta y tuvo que quedarse en la cama y para ella era muy aburrido.
Todos los niños y las enfermeras se habían marchado ya, y en aquel labiríntico caserón sólo quedaba, aparte de ella, el anciano matrimonio de porteros.

Por fin, después de cinco días, le bajó la temperatura y el portero la llevó a la estación.
Su tren tenía prevista la salida en media hora.
-No hace falta que se quede aquí a esperar -le dijo Cassandra al señor Segeberg, el portero.
-¿Y tu crees que te las arreglarás sola? -preguntó él.
Cassandra señaló a las dos mujeres y al hombre que estaban al final del andén y dijo:
-Al fin y al cabo, no soy la única que va a coger el tren. Y además puedo entrar en la sala de espera.

El señor Segeberg le deseó una pronta mejoría y después se despidió.
-Quizás nos volvamos a ver de nuevo -dijo antes de marcharse.
Cuando el señor Segeberg se había ido, Cassandra empezó a caminar por el andén. Se sentía presa de una extraña inquietud, que no conseguía explicarse.
Casi parecía que la llegada del tren la diera...miedo.

Y sin embargo, aquel viaje la hacía mucha ilusión. Tenía muchas ganas de ver a sus padres que la esperaban en casa.
A pesar de todo, cuanto mas avanzaban las agujas del reloj, más crecía su inquietud.
Por añadidura, comenzó a tener frío. Al principio solo sentía frío en las manos y en los pies. Pero luego estaba tan helada que le castañeteaban los dientes, ¡y eso que no hacía nada de frío!
Con la esperanza de calentarse un poco, decidió entrar en la sala de espera.
Al abrir la puerta vió con alivio que en la estufa que había junto a la pared ardía un fuego de considerables dimensiones. Y delante del fuego vió a una figura de espaldas a ella.
Cuando se acercó, se dió cuenta de que era una figura infantil: una niña. Llevaba un vestido rosa de seda, que no pegaba para nada ni con el momento ni con el lugar. El vestido estaba adornado con lazos y el cuello era de encaje.
"Parece un vestido de baile" -pensó asombrada.
Entonces, la niña se volvió hacia ella. Y sin mostrar sorpresa alguna, como si hubiera estado esperándola, dijo:
-¡Anda, siéntate! Acabo de encender el fuego.
Ella acercó otra silla junto a la estufa y cassandra se sentó. Mientras examinaba a la muchacha, comprendió de repente por qué había encendido el fuego en la estufa: la niña parecía estar completamente helada.
La niña, miró a Cassandra con simpatía y dijo:
-¡Cómo se agradece el fuego!
-Sí, y ya no tengo nada de frío -contestó ella.
-Entonces quiero enseñarte algo.
La niña cogió una vieja maleta de piel que estaba en el suelo y la abrió. Dentro de ella vió cintas para el pelo, peines, pañuelos, libros amarillentos...
La niña rebuscó excitada entre sus pertenencias.
Entonces gritó:
-¡Aquí! ¡Aquí está! Y la dió...una bola mágica.

Era mas pesada de lo normal y por un momento temió que se le fuera a caer de las manos.
Contenía también muchos mas copos de lo normal, mas de los que ella habia visto nunca en una bola mágica.

Pasó un buen rato hasta que entre el remolino de copos vislumbró una minúscula figura. Llevaba vestido rosa con cuello de encaje.
Sorprendida, miró a la muchacha. Mi abuelo me regaló esa bola mágica.
Parece bastante antigua -dijo Cassandra-. Por lo menos diez o quince años.
La muchacha sacudió la cabeza. -¿Mas antigua? -repitió Cassandra-. Pero si tu no pareces tan mayor.
En ese momento oí un estridente silbido.
Sobresaltada, se levantó.
Pero ya era demasiado tarde. Cuando llegó al andén, solo pudo ver como se alejaba el tren. Regresó a la estación y le explicó al hombre de la ventanilla lo sucedido.
El la miró con lástima y dijo:
-El próximo tren ya no pasa hasta mañana por la mañana.
Y así fué como tuvo que llamar al señor Segeberg y pedirle que viniera a buscarla, el cual acudió, aunque no de muy buena gana.
Nunca mencionó a la niña de la maleta. Solamente contó que había entrado en la sala de espera para calentarse y que el tiempo se había pasado sin darse cuenta.
Por la noche, se enteraron de que había habido un grave accidente ferroviario.
Y aquel tren era...¡justo el tren que ella había perdido!
-¡Entonces esa muchacha quizás me salvo la vida! -gritó Cassandra.
-¿Qué muchacha? -preguntaron el señor y la señora Segeberg al unísono. -Esa muchacha -dijo la señora Segeberg-, yo creo que vivió en esta casa.
-¿En esta casa? -Con apresión miró a su alrededor.
La señora Segeberg asintió.
Ésta fué una especie de casa señorial. Perteneció a un anciano muy rico. Vivía aquí completamente solo con su nieta. Ya no me acuerdo cómo se llamaba ella, pero una vez vi una foto suya. En ella llevaba, tal como tu has descrito, un vestido elegante con muchos lazos y un cuello de encaje. Y si no recuerdo mal, en la mano tenía una bola, una bola mágica.
-¿Cuando vivió esa niña aquí?-preguntó Cassandra.
-¡Oh, tiene que hacer por lo menos cincuenta años!-dijo el señor Segeberg-. Desde entonces la casa dejó de ser una mansión para convertirse en un sanatorio.
-¿Y que fué de esa niña?- murmuró.
-Es una historia muy triste-contestó el señor Segeberg-. Nunca tuvo una amiga. Su abuelo no quería que jugara con los niños del pueblo. Un día, la noche de su octavo a su noveno cumpleaños, la niña se escapó de su casa. Y entonces -el señor Segeberg hizo una pausa- murió de frío a la intemperie.
-¿Murió de frío? -De repente Cassandra sintió tambien un frío horrible.
-Yo...quisiera acostarme -dijo.
Después, cuando la señora Segeberg fué a ponerle el termómetro, resultó que tenía otra vez fiebre y pasó toda una semana hasta que pudo volver a su casa.

 

 

 

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